Carlos Mendosa


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"¿Caos vial, cuál..?"

Cuando uno discute, generalmente es porque está uno defendiendo un particular punto de vista en el que se tiene cierta creencia.

Después de todo, nos metemos a una discusión para probar que nuestra posición es la correcta. O que defendemos nuestra posición personal. La discusión pura, la discusión verdadera, jamás conlleva violencia verbal, y menos aun, desemboca en violencia física. Es agresiva en muchos casos, claro, pero nunca con el afán de atacar. Los debates son un claro ejemplo de discusión, con un control adecuado de las partes, impartido por un mediador. Pero cuando dos personas discuten de manera natural, las reglas implícitas de la discusión no desparecen (o no deberían).
La acción de discutir lleva consigo una gran actividad mental e intelectual. Es un ejercicio de esgrima mental, en donde ambas partes dan sus estocadas y estas deben ser rechazadas con otra, o abatidas de alguna forma. Es un ejercicio que trae consigo un grado muy fuerte de interactividad con otro sujeto, y que nos da sus puntos de vista, los cuales si no llegan a convencernos, acaban (o debieran) por ser respetados, así como los nuestros propios son respetados por la otra parte. En muchas ocasiones las discusiones acaban con un acuerdo mutuo y por una convergencia entre las ideas de uno y de otro.
Pero ¿qué pasaría si este ejercicio, fuese llevado a cabo sólo por deporte? Es decir, si una (o ninguna) de las partes no está realmente interesada en el tema que se discute. Si una (o ninguna) de las partes no tiene una firme creencia en lo que "defiende". Si esta discusión está siendo llevada a cabo tan sólo por el placer de la esgrima (del deporte de la respuesta pensada). Una de las partes no cree en OVNIS y la otra parte sí. Aunque en verdad a ninguna de las dos le importa un carámbano si en verdad existen o no. Y la parte A comienza a discutir el hecho innegable de las miles de apariciones extraterrestres en la tierra, creando teoremas e hipótesis. Mientras que la parte B discute la veracidad de tales argumentos, dando sus propios.
En este punto del escrito hay que hacer notar, la diferencia que hay entre discutir y argüir. Argüir significa (para los que hablamos el español) poner argumentos contra algo, mientras que discutir es examinar con mucho cuidado una cuestión. En México la palabra discutir es usada sin rigor alguno (y con gran ignorancia) como la acción de tener una pelea verbal contra otra persona. Y en esta pelea se busca que una de las partes acepte (por la mala) que una de ellas tiene total razón en alguna cuestión. Hecha esta discriminación entre ambas palabras, continuamos con el hecho deportivo, como le hemos llamado, al ejercicio libre de discutir por el gusto de estar lanzando "ataques" (completamente pacíficos) sobre un asunto por el cual se ha tomado cierta inclinación.
Incluso si alguna de las partes llegase a tener la razón, o llegara a una conclusión lógica. Ambas, y principalmente la que se encuentra en el lado bajo de la balanza, saben que se ha llegado a un punto en donde los más fieros y últimos argumentos habrán de ser usados para, en un intento final, derrocar los aplastantes argumentos de nuestro contrincante. Y de hecho es cuando más divertido se pone el asunto, porque entra la imaginación a ayudar al intelecto y las más descabelladas y locas ideas y teorías entran como la caballería rusticana a intentar salvar una discusión que está a punto de fenecer a manos de argumentos avasalladores. Finalmente, una de las partes se da por vencida y ambas, saben que no estaban defendiendo nada. Sus respectivos honores y orgullos (junto con sus verdaderas creencias) quedaron a salvo, y el ejercicio ha sido o debiera de haber sido vivificante para la mente de cada parte.
El discutir tonterías es un acto que no sólo es divertido, sino que debiese de ser alentado en las escuelas, no sólo para enseñar a los jóvenes a defender sus creencias, o para que puedan hablar en público y sin inhibiciones. O para que aprendan a hablar con propiedad y se conozca un poco más el idioma. Sino para que tanta violencia y agresividad sea poco a poco erradicada de este país retrógrada. Que se enseñe desde temprana edad que las palabras son sólo eso y que no golpean. También se enseñaría a tener palabra. A creer lo que se defiende y a apoyar con acciones una creencia. Paulatinamente se iría distinguiendo el juego de la realidad. El acto (aristotélico por excelencia) de guardar proporciones entre lo actuado, lo fingido, y lo verdadero, lo real.
Tal vez incluso ciertas personas dejarían de lado esa estúpida creencia de que los niños adquieren costumbres e imitan acciones de la televisión y de lo que leen. Eso, es no saber, no tener la más mínima capacidad de guardar proporciones entre lo real y lo ficticio. Es caer en la locura del Quijote. El deporte de discutir educaría a los mexicanos, desde temprana edad, a resolver sus conflictos con una amena y acalorada platica. Nos haría más tolerantes y sobre todo, les enseñaría control sobre sus ánimos. Evitando así caer en la violencia. Qué clase de país es uno en donde por una leperada se llega a los golpes. En Europa, donde las cosas son un poco menos salvajes, la gente puede hacerse de palabras en una calle y llegará el momento en el que alguna de las partes se vaya, o se de por vencida. Tal como en una discusión, y no tendrán que llegar a la violencia física. Después de todo, no fueron sino palabras, y el desahogo muchas veces es bueno.
Discutir tonterías, y discutir por deporte es sólo el primer paso a una mejor educación en México. Tanto en el idioma, como en el léxico, como en la prosodia y la articulación. Además de los beneficios morales. Y finalmente, si a alguien no le agrada discutir, siempre tendrá la alternativa de no hacerlo. Un discutidor no buscará discutir con alguien que no quiere hacerlo. Después de todo, para discutir se necesita a otro que esté dispuesto a hacerlo. Y ese es el problema... en México nadie está dispuesto a tener una discusión amistosa. Todos creen que es un ataque, que está uno arguyendo. En lo personal, yo no necesito estar discutiendo lo que creo, pues lo creo firmemente. Y cuando discuto, en verdad lo hago sabiendo que la mayoría de las veces estoy equivocado, o simplemente que no creo en absoluto lo que digo. ¿Qué puedo hacer? Los escritores escriben sobre dos cosas: Sobre lo que creen, y sobre lo que no creen. Y el objetivo será hacerlo verosímil, siempre. Es una especie de discusión silenciosa.

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